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El Tunjuelo en hombros

Por: Jasbleady Castañeda

Río Tunjuelo pasando por el humedal La Libélula

En medio de tantos recuerdos de infancia, la vida nos retorna siempre hacia lo que fue el pasado. Volver a lugares que sin querer o tal vez queriendo, hicieron parte de nuestras vidas y que ahora retornan para recordarnos que somos parte de ellos y que aunque tarde, es momento de defenderlos desde cualquiera que sea nuestro lugar.

Tal vez de los recuerdos más bonitos de mi infancia, es el correr siempre con afanes de tardanza escolar, en hombros de mi padre “atuta” como decimos nosotros, en medio de los potreros de pastizales que rodeaban el río Tunjuelito desde Candelaria casi hasta Venecia.

De lunes a viernes salíamos corriendo con la vergüenza de llegar tarde al colegio o los fines de semana con el afán de ver a la abuela que ya casi partía a otro lugar del universo. Recogía no se cuántas flores de diente de león y trébol blanco por todo el camino, pues era el presente más bonito que siendo niña podía dejarle a la abuela, que lo recibía con emoción y colocaba en un pequeño pocillito amarillo que mantenía sobre ese televisor blanco y negro en el que la llovizna era más abundante que en la misma Bogotá.

Hasta hace algún tiempo vine a comprender que crecí junto al Tunjuelo, que lo corrí, que lo olí, que lo viví, que disfruté de sus arenas amarillas, de sus pegotes de arcilla en mis zapatos, esa misma que con el tiempo los grandes empresarios vieron de manera diferente y destruyeron a más no poder.

Río Tunjuelo sobre el humedal La Libélula

Capturé mariposas y atrapé cucarrones, hice diminutos ramilletes con sus flores, recuerdo como si hubiera sido ayer desde los hombros de mi papá, ese puente colgante que me producía pavor, que se movía de lado a lado y al que le faltaba más de una tabla. Desde allí, se veían rodar pedazos de cosas, uno que otro juguete que algún niño despreció después de años de uso, los enseres que la señora de la casa algún día compró, los pedazos de vida que algunos no quisieron más.

Recuerdo ver, con cierta frecuencia a los bomberos y las montoneras de gente buscando los cuerpos de uno que otro ciudadano, que por accidentes de la vida, o a veces simplemente por perseguir un balón terminaban siendo parte del fondo del río, dicen por ahí que en una de estas, le echaron la culpa al puente y por eso decidieron quitarlo.

Ahora, y ya no en hombros de mi papá, sino hombro a hombro con él, entiendo que ese Tunjuelo siempre hizo parte de mi vida, aún sin entender su significado, ni todo lo que traía consigo. Ahora es el Tunjuelo, antes era simplemente el río Tunjuelito, el mal oliente, por el que decíamos cada mañana “se alboroto el olor” del río, sin entender que quien se alborotó fue la minería, fueron las curtiembres, fue la urbanización, fueron los muros, esos que hasta ahora entiendo y veo.

El afán del dinero, hizo que algunos se creyeran los dictadores de la madre tierra, que escudriñaran en ella hasta la última piedra, que se lucraran con sus recursos y que además nos hicieran ver que sin ellos, ni tan siquiera casas podríamos tener. Hoy seguimos enseñándole a nuestros hijos que las casas se construyen con cemento hecho con carbón y cal de la tierra, y con ladrillos de sus arcillas, con arenas que han dejado heridas enormes en la tierra, enseñamos de esta manera, porque no conocemos otra y pasaran años para entender que podemos vivir distinto.

El tiempo hizo que me distanciara de caminar el Tunjuelo, pero ese mismo se encargó de reencontrarnos o de hacerme ver que aún sigue ahí. Pidiendo que mi voz y pensamientos de infancia ahora fueran voces de conciencia, no solo la mía, sino la de muchos que necesitábamos conocer sus problemáticas.

La abuela se fue al cielo dicen por ahí, tal vez se convirtió en lluvia, la que en algún aguacero hizo crecer los árboles que vinieron a parar al lugar donde el Tunjuelo de nuevo cobró vida para mi memoria. El puente ya no está, las flores ahora son otras, en medio del kikuyo uno que otro habitante asoma, los tubos de hormigón en los que jugábamos con los amigos a espantar las ratas, esos si asoman, como muestra de las aguas negras, de los drenajes, de las canalizaciones, de quién sabe que más cosas que pasarán y que aún no hemos visto.

Camilito en la Libélula

Ahora, desde mi familia, mi vida, mi discurso, pero sobre todo desde mi trabajo me uno a los muchos que se han unido en su defensa, ha sido maravilloso ver que las mentes de los más pequeños son las que nos han hecho despertar de este letargo.

Porque duele en el alma de mujer de agua, lo que pasó por nuestros ojos sin que comprendiéramos. Hoy duele comparar, como las abuelas cuentan de cangrejos, peces y ranas que veían en el río, de juegos de niños donde el Tunjuelo era el protagonista principal, de paseos de olla con la familia, de competencias de nado en los pozos y duele escuchar las preguntas de los niños de hoy sobre el río.

Monjita bogotana en el humedal La Libélula

Por estos días una de las profesoras de un colegio decía que la pregunta más importante de los niños para hacer su proyecto de año es ¿por qué ha cambiado el color del agua del río Tunjuelo? Y frente a ello tengo dos maneras de verlo, la alegría de pensar que por fin somos más los que estamos preguntándonos sobre ese cuerpo de agua que afecta nuestras vidas, algunos dicen que para bien, otros que para mal, algunos aún creen que canalizarlo sería la solución.

Pero por otro lado, se me hace un nudo en la garganta pensar que la pregunta de ese niño, tiene que responderse con años y años de irresponsabilidad, que por su respuesta pasará la minería, las curtiembres, el frigorífico, los años de acumulación de basuras en el relleno doña Juana, las construcciones, pero a su vez las luchas sociales de la gente frente a la defensa del río.

Río Tunjuelo, vacas pastando en su ribera Ganado sobre la rivera del Río Tunjuelo

Hoy escuchando la vos de los autodidactas, abuelos y taitas, entiendo más que nunca que mi territorio es este, que siempre he sido del Tunjuelo, mujer de agua y del Tunjuelo, que mi vida debe estar dedicada desde cualquier lugar de este territorio, a luchar porque sean cientos los que se unan a la protección de los cuerpos de agua que aún quedan. Pero claro entendiendo que es protegerlo porque es nuestro y no de quienes con su maquinaria decidieron destruirlo.

Sueño con que los niños puedan conocer los páramos, los humedales, los ríos, que puedan observar el páramo del Sumapaz “el sunapa” porque es así como se entiende lo que realmente es el Tunjuelo, un cuerpo de agua hermoso, lleno de vida, con aguas puras, cristalinas, donde nuestro rostro se refleja, con olores diferentes a los que sentimos al perseguirlo hasta Bosa. Es así, como se logrará responder la pregunta de ese niño, pero sobre todo es así, como ese niño y sus amigos se sentirán parte de la cuenca y harán parte de la lucha en su defensa.

Páramo de Sumapaz, laguna de Chisacá

Ahora son ellos, los niños, los que corren en los hombros de sus padres o madres, a prisa para no llegar tarde a la cita con ese lugar llamado escuela, que aunque nos frustre en ocasiones, también fue el que nos juntó, para que desde su mente de niños, casi siempre más consiente que la nuestra, seamos parte ya no del Tunjuelito, porque el diminutivo se lo dejamos para los que no tienen fuerza, sino de un Tunjuelo que ahora grita con más fuerza que nunca, porque son sus niños los que lo defienden.

No sobra decir que son muchas las gentes que han hecho parte de reconocerme como parte del Tunjuelo y del territorio, a ellos gracias, porque entre su fuerza, estudio, conciencia y locura, me y nos hicieron parte de esto.

Gracias a ello, escucho voces de cómo era el Tunjuelo hace años, me han hecho poner en la tarea de preguntarle a mi padre cómo era antes de caminarlo conmigo en sus hombros, y con una sonrisa en el rostro y casi lágrimas en los ojos, lo escucho con atención contándome que habían lagunas, que se veían niños felices en el río, que atrapaban ranas en frasquitos, (a lo que no hago buena cara por supuesto) que se subían en una batea a navegar el río con remos de palos de escoba, que más de una vez se ganó los regaños de la abuela por perder en el fondo de sus aguas los palos de la escoba de la casa.

Y yo que crecí junto al Tunjuelo, que olía solo lo malo de él, que finalmente es lo malo de los que se apoderaron. Agradezco a la gente de este camino que me enseñó a quererlo, a aprender de él, a caminarlo viéndolo tan vivo, a defenderlo desde donde esté y con quién esté.

Que bonito escuchar los relatos de quienes lo vieron cristalino donde ahora es tan oscuro, por esos recuerdos y ahora con mi hijo en hombros, aún lo defendemos.

Camilito y Jas

 

Jasbleady Castañeda Solano

Lic. Biología – Universidad Pedagógica Nacional

Jasbleady@gmail.com

@unagarzaazul 

4 comentarios de “El Tunjuelo en hombros”

  1. johanna says:

    Gracias Jas, por este escrito tan bello:)

  2. Javier Mora says:

    Jasbleady. Un documento con mucha sensibilidad. Excelente para trabajar como experiencia pedagógica.

    RT en Twitter: @mastertic

  3. german says:

    Muy agradable de leer, lo reenviare.
    Sobre la serpiente sabanera, que es otro árticulo es común en el separador de la autopista norte y se puede encontrar ocasionalmente en las zonas verdes y jardines del norte de la ciudad, lamentablemente tienen un final trágico.

  4. Rocío says:

    …! Es bueno encontrarse con un esrcrito como este en un medio en ocasiones tan insensibe.

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